Con el tiempo he aprendido a convertir algunos domingos en viernes, a dejar huellas no visibles a los ojos, a no juzgar los pecados ajenos y a apreciar el café descafeinado por pasar desapercibido entre mis noches. He aprendido a reír hasta llorar y a llorar hasta reír, a marcar tu pulso con mis dedos (dejando a un lado los tacones de vértigo) y a pasar de 0 a 200 en apenas unos segundos. Los límites de velocidad nunca se han hecho para mí. Ni las señales de advertencia, y menos aún las de mercancías peligrosas. Si decides que ardamos, ardemos. Esto es así. Ya resurgiremos algún lunes de nuestras cenizas…
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